Dialécticas del espacio y del futuro a partir del 18 de octubre de 2019

Fronteras socioeconómicas y conflictos espaciales

Parecía un cuento de Saramago. Cientos de miles de personas caminaban por la ciudad de Santiago hacia sus casas ante el cierre de Metro debido a las masivas evasiones y manifestaciones de furia que se habían impedido el correcto funcionamiento de la red. Mientras las autoridades intentaban centrar la atención en los destrozos, al parecer, gran parte de la ciudadanía estaba en otra, mirando hacia su historia personal reciente: un Estado ausente, el altísimo costo de vida y la desigualdad expresada en las colusiones con sus perdonazos y clases de ética, en contrapunto con las personas encarceladas por vender CD’s falsos que murieron en el incendio de la cárcel de San Miguel. La injusticia del diario vivir cruzaba por la mente de miles mientras caminaban desde sus distantes lugares de trabajo a sus hogares bajo el calor de octubre en Santiago. La autoridad y sus esbirros usaban los medios masivos para demonizar y apuntar con el dedo a los estudiantes secundarios evasores, pero la gran mayoría de las personas apoyaba la evasión como forma de protesta[1]. Quizás la sociedad civil ya se había formado su propia mirada del Chile real, ese de desamparadas niñas y niños del SENAME, la nación donde se permite que desfachatados y corruptos políticos sigan en sus cargos, donde existen zonas de sacrificio en Puchuncaví, Coronel y Tocopilla, ese inconsistente país OCDE que hace sus regulaciones preguntándoles a los regulados cómo quieren que sean las leyes, entre otras contradicciones de una lista enorme. También el Metro era una muestra de esa diferencia, un servicio que para la clase alta se ve limpio y lujoso, pero para quienes viven en la periferia y diariamente se suben como becerros en la mañana a sus vagones, apretados, acalorados e incómodos, no era ninguna gracia que les subieran el precio de dicho servicio[2]. Esa gente tenía rabia contra la ciudad como representación, vivida y sufrida, de una desigualdad brutal. Hubo violencia simbólica, de la ciudadanía contra esos espacios representativos de la contratación y Metro fue uno de esos simbolos. Según los fiscales, hasta el momento (1 año después) no hubo coordinación comprobable para la qua prácticamente simultánea de 77 estaciones de Metro. Hasta ahora, si sabemos que no había un esfuerzo extranjero, ni menos alienígena, por desestabilizar el ya alicaído gobierno de turno. Para quienes nos dedicamos a estudiar la desigualdad, es muy posible que las causas de estos eventos estén más cercabde el estallido de una rabia contenida, muy bien distribuida en el territorio Metropolitano, que reventaba y exigía cambios profundos en la sociedad chilena. Esa iracunda sociedad civil tuvo su representación en la ciudad, en una dialéctica del espacio.

Siguiendo la línea argumental de Henri Lefebvre, el espacio urbano chileno socialmente producido en el contexto neoliberal fue consecuencia de una superestructura configurada por la clase político-empresarial, generando un conjunto de sistemas de significados y simbolismos que se expresan con claridad, y dureza, en la ciudad de Santiago, en una ciudad fragmentada y segregada.

Santiago es una ciudad ideológicamente (re)producida para el capital financiero y su rentabilidad, resguardado en un derecho a la propiedad que antecede a todos los otros derechos y que hace notar su supremacía. Así es como la ciudad se ha cargado de significados: por un lado, es una ciudad exitosa para el modelo a partir de lo lucrativos que son algunos lugares y por otro existen vastos espacios que representan una derrota por no lograr ser tan rentables. Luego, quienes viven en una ciudad y en la otra, efectivamente viven en dos realidades diferentes a pesar de la cercanía geográfica. Son dos espacios socialmente homogéneos que se enfrentan físicamente en la ciudad, dando una forma urbana en disputa: el Área Metropolitana de Santiago. El estallido social exacerbó esas diferencias sociales y, justamente, los bordes entre la ciudad exitosa y la ciudad derrotada configuraron espacios de conflicto donde la disputa se materializó en hechos de impugnación y violencia, en los espacios que conforman las verdaderas fronteras entre ambas ciudades. Tal como se puede ver en la Figura 1, los bordes entre los barrios de altos y bajos ingresos por homogeneidad socio-espacial fue donde tendieron a localizarse los incidentes que dieron visibilidad a las manifestaciones desde el 18 de octubre de 2019.

Fronteras socioeconómicas y conflictos espaciales

Figura 1. Cartografía del Área Metropolitana de Santiago, identificando las zonas de segregación según índice Theil y la localización de protestas e incidentes a partir del 18 de octubre. Fuentes: SOSAFE, 2019; Fundación Vivienda 2018 y CIT-UAI, 2013.

Hace pocas semanas, el CPE publicó los resultados de un estudio sobre la ciudad de los 15 minutos desde la perspectiva de la caminabilidad[3]. En dicho estudio, fuimos capaces de identificar aquellas zonas urbanas donde se concentran las mejores accesibilidades a bienes y servicios de lo que categorizamos como funciones urbanas esenciales. Esas zonas urbanas ocupan únicamente un 1.87% del territorio del Área Metropolitana de Santiago. Son esas las zonas urbanas donde existe mayor rentabilidad para el capital financiero y también donde se configuran los espacios simbólicos de la ciudad postal, esa urbe OCDE que es bueno mostrar para atraer nuevos inversionistas. Estas zonas, al igual que las fronteras entre altos y bajos ingresos, tienden a coincidir como espacios donde se generaron mayor cantidad de protestas e incidentes a partir del estallido social (Figura 2). Estos espacios estuvieron en disputa, impugnados desde una ciudadanía indignada que buscaba símbolos neoliberales que derribar.

Figura 2. Cartografía de protestas e incidentes para el estallido social en relación con el nivel de acceso a funciones urbanas esenciales. Fuentes: Centro Producción del Espacio 2020, SOSAFE 2019, INE 2018.

La forma en que la ciudad fue escenario de las protestas y el sentido de estas, nos recuerdan la analogía de la dialéctica de Hegel sobre dominio y servidumbre, donde dos seres conscientes de sus realidades, de dominio por un lado y servidumbre por otro, se enfrentan para intentar dominar al otro frente a un elemento material en disputa[4]. Lo que se conocerá después como la dialéctica del amo y el esclavo también aplica para los conflictos del 18 de octubre, donde el elemento material en disputa son esos espacios simbólicos de la ciudad OCDE, de la ciudad de 15 minutos inalcanzable aun para la mayoría, donde el Estado dominador usando su fuerza pública intenta retener la furibunda arremetida por conquistar dichos espacios desde la servidumbre. Ambos se enfrentan con fiereza cuando en realidad, como plantea Hegel, el dominio de dicho espacio material está lejos de ahi, en una esfera de poder, que en el caso de Santiago se ubica en el abstracto pero lucrativo espacio financiero, cuyas redes invisibles le hacen muy difícil de impugnar. Esa maraña financiera invisible es la que permitió la Ley de Pesca, es la que pretende explotar los recursos naturales a destajo, es la misma que busca endeudar a la mayor cantidad de gente posible para extraer dinero fresco desde los intereses, es la misma red que financia la política y las grandes empresas. Carabineros y manifestantes se pueden enfrentar físicamente, pero el poder sigue estando fuera del alcance de ambos, en las redes de poder financiera que han posibilitado el statu quo constitucional por más de 40 años, el cual podría estar a punto de cambiar.

Figura 3. Participación electoral de menores de 30 años en elecciones presidenciales (segunda vuelta) del año 2017. Fuente: SERVEL 2017 e INE 2013. Metodología experimental aún en fase de desarrollo.

El capital financiero tiene el poder de dar forma a nuestras vidas cotidianas y ha sido subestimado en el conjunto de las demandas sociales y proyectos políticos, tanto aquellos que buscan salvar al capitalismo como otros que buscan plantear una alternativa[5]. En Chile, desde el inicio de su neoliberalización en 1975, los gobiernos, desde la dictadura en adelante, han avanzado en un proceso de financierización, partiendo por la seguridad social (AFP, ISAPRES, Mercado Inmobiliario), pasando por sus exportaciones (cotización del cobre en la Bolsa de Metales de Londres) hasta la vida cotidiana (CAE, universalización del crédito y bancarización)[6]. Una clase político-empresarial ha dado forma a una nación financierizada, la que con el voto voluntario se ha entregado de forma definitiva a cumplir con las expectativas del grupo social de votantes donde dicho modelo socioeconómico es más conveniente, ha terminado por reproducir la segregación urbana a nivel de participación política, generando agendas focalizadas en dichos votos (Figura 3). Esta vez, con el voto voluntario como obstáculo, el plebiscito constitucional es una verdadera prueba para ver que tanto despertó ese grupo de personas de Santiago que ya no cree en la política y no le interesa ir a votar. Es clave mencionar que el 25% de los votantes son menores de 30 años, por lo que el 25 de octubre también se mide la fuerza de ese grupo de jóvenes ciudadanos en busca de una sociedad más justa a partir de un nuevo contrato social para intentar abolir la desigualdad. En la lucha futura por la desigualdad, Göran Therborn plantea que será fundamental crear una nación civil: “un colectivo humano de personas que vivan juntas en el marco de una civilidad común, sobre un territorio de fronteras contingentes, con su geografía distintiva y su historia convergente. Una civilidad que no solo tolere a sus miembros permitiéndoles que desarrollen sus capacidades, sino que también se comprometa colectivamente a respaldar y promover esas capacidades en sus aspectos vitales, existenciales y de acceso a los recursos”[7]. Esa nueva civilidad se comenzará a definir el próximo 25 de octubre 2020, en un espacio que la ciudadanía podrá ocupar para comenzar a redactar un nuevo contrato social. Que la ciudad no quede fuera de dicho debate es parte de nuestras aspiraciones.

[1] Un 65% de las personas señalaron estar de acuerdo con la evasión como forma de protesta, según encuesta CADEM, disponible aquí: http://www.cadem.cl/wp-content/uploads/2019/10/Encuesta-especial.-Evasiones-y-estado-de-excepcio%C3%ACn-okokok-1.pdf

[2] Se tiende a sobrevalorar la satisfacción de los usuarios del sistema metro. Según la encuesta SIMUS, menos de la mitad de los encuestados manifiesta su satisfacción con el servicio, ante lo cual es válido preguntar dónde viven los usuarios insatisfechos con el servicio. De hecho, ninguna comuna de la Región Metropolitana cumple con el estándar mínimo para tiempo de viaje en transporte público en hora punta de la mañana (http://siedu.ine.cl/tiempo_DE_29.html).

[3] Disponible aquí: https://www.mdpi.com/2073-445X/9/10/362

[4] En Hegel, G. W. F. (2017). Fenomenología del espíritu. México DF: Fondo de Cultura Económica.

[5] Una importante referencia para esta afirmación se encuentra en diferentes capítulos del libro “Fictitious Capital: How finance is appropriating our future” de Cédric Durand (Londres: Verso, 2017).

[6] Esta temática ha sido ampliamente investigada y una síntesis de algunos resultados para el caso de Chile se pueden encontrar en el libro “Financialisation in Latin America: Challenges of the Export-Led Growth Model”, editado por Noemi Leby y Jorge Bustamente (Nueva York: Routledge, 2019), en el cual existe un capítulo completo dedicado a Chile escrito por Esteban Pérez C. y Nicole Favreau. Complementariamente, el libro “Capitalismo a la chilena” de Andrés Solimano (Santiago: Catalonia, 2015) es ilustrativo de estos procesos.

[7] Therborn, G. (2017). Los campos de exterminio de la desigualdad. México DF: Fondo de Cultura Económica

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.