11/9: La ciudad de Santiago como símbolo fascista

Mapa de Santiago Segregado por Juan Correa

Por Francisco Vergara-Perucich

Hace 47 años un golpe de estado acaba con la democracia en Chile y desde 1980, oficialmente, Chile se convierte en una nación neoliberal gobernada por criterios de rentabilidad más que por la búsqueda del bien común. A pesar del tiempo pasado, la herencia de la dictadura en Chile se mantiene a través de un grupo de civiles, quienes copando las esferas políticas y económicas, mantienen la estructura neoliberal intacta sin revisar sus contradicciones internas, las que afectan a la gran mayoría de la población. De facto, la dictadura asesinó y exilió a miles, pero aún no se han contabilizado las personas que murieron por causas neoliberales, ya sean estas listas de espera o estresados por las abrumadora incapacidad de solventar el costo de vida. Siendo un proyecto ideológico y político-económico, los símbolos de la dictadura no fueron estatuas a Pinochet o colegios con su nombre, sino el sistema que rige la vida cotidiana de las personas. Es un meta-símbolo y una realidad difícil de explicar por su abstracción. Se compone de cuerpos normativos, de redes de poder, de modelos educativos, de medios de comunicación. El neoliberalismo es prácticamente invisible, con algunas excepciones. Una de esas excepciones es un espacio material que sí nos permite ilustrar sus simbolismos: la ciudad de Santiago.

La ciudad es un producto social, es decir, su forma responde a las relaciones sociales de quienes la habitan y por lo mismo es una obra material humana representativa del poder político; donde, por ejemplo, la mano invisible del mercado se revela. La ciudad nos une o nos divide, nos agrupa por clase, nos hace movernos mucho si tenemos poco y movernos poco si tenemos mucho. La ciudad es el símbolo material del modelo neoliberal y, en Chile, la herencia de la dictadura está viva en la forma urbana de la ciudad de Santiago. Esta ciudad es aún el símbolo del fascismo que le dio forma a la sociedad en que vivimos; es la estatua de Pinochet que muchos buscan para apedrear. No está en una plaza ni en una avenida, sino que es la metrópoli.

Santiago es una ciudad fascista, porque separa la ciudad entre la mayoría (los rotos) y aquellos que configuran un grupo social monolítico y homogéneo que manejan la política, la economía, la religión y las fuerzas armadas. Esto se realizó a través de mecanismos de obediencia forzosa de las masas, desplazados hacia la periferia por el solo hecho de no pertenecer al selecto grupo de personas que vive en la ciudad bella, argumentando que la exclusión de esas masas es natural, propia de un modelo de sociedad desigual e impuesto por la fuerza, usando el miedo a la otredad y con brutalidad; abusando del monopolio de la fuerza desde el Estado para imponer el orden espacial deseado por la clase dirigente. Hoy, sigue siendo fascista, porque esencialmente es la misma forma urbana a pesar de los años y de los cambios normativos que no han logrado mellar su férrea estructura autoritaria, hiperbórea.

Mapa de Santiago Segregado por Juan Correa

Esta estatua al fascismo representado en la ciudad, se construyó en 3 etapas. La primera etapa generó el marco normativo que permitiría que el mundo privado le diera forma a la ciudad. Para ello, en 1975, Pinochet firmó el decreto 910 que establecía exenciones tributarias para las actividades relacionadas a la construcción y así fomentar esta industria como principal eje de producción urbana. La segunda etapa necesitaba reorganizar el suelo urbano para generar espacios de inversión y de desposesión. Entre 1976 y 1979, la dictadura implementó las llamadas, Operaciones Confraternidad, subiendo personas y familias a camiones y llevándolos desde los espacios donde vivían hacia nuevos terrenos en la periferia, limpiando así los paños urbanos más rentables de la ciudad y generando nuevos sectores de bajos ingresos que se ponían a la fila, esperando a que el mercado terminara de desarrollar las zonas rentables, antes de comenzar a invertir en las zonas más precarias para la inversión en su momento. La tercera etapa, fue hacer andar este plan, para lo cual se redacta la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 1979, a partir de un conjunto de falsos supestos urbanísticos que Arnold Harberger publicó en Auca el mismo año. Desde ese momento en adelante, se comienza a desarrollar la gran obra de Pinochet: Santiago. Caracterizado por su segregación abrumadora, altamente eficiente para el desarrollo inmobiliario y para las operaciones empresariales, pero configurando una aberración social, donde las personas del sector oriente viven mas años que las personas de las comunas de bajos ingresos, o donde los espacios de trabajo están cerca de donde viven los propietarios de esos espacios, mientras el resto debe desplazarse hasta esos lugares para tener una fuente de ingresos. Salud, educación, areas verdes, comercios y hasta las veredas se reparten con calidades desiguales en la ciudad. Una metrópoli fragmentada, sin coordinación efectiva, donde cada municipio opera como empresa auto-gestionada, lo que se representa en que las comunas de altos ingresos tengan más recursos que las de menores ingresos. La ciudad de Santiago sigue siendo esa estructura fascista que nos heredó Pinochet. Si como sociedad no vamos a permitir que existan estatuas de Pinochet, tampoco podemos permitir que su metrópoli siga existiendo. Que desaparezca el Santiago en su forma, que se vaya con la Constitución del 80. Es justo esperar que el cambio constitucional se refleje en una ciudad democrática que aún no conocemos pero que necesitamos con urgencia.

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