Sobre la posicionalidad de dedicarse a la investigación en ciencias sociales en Chile

Por Francisco Vergara P.

La posicionalidad (1) es el conjunto de los aspectos sociales, políticos, culturales que definen la identidad de una persona frente a un tema en particular y que presenta también los marcos analíticos, ideológicos e interpretativos de la realidad a partir de búsquedas o deseos particulares. En investigación en ciencias sociales,  cada vez más se exige que autores declaran su posicionalidad de cara a los contextos que inciden en las interpretaciones de la realidad a partir de los datos que se producen. Se puede decir que en Chile la posicionalidad de quienes investigan ciencias sociales se orientan a tratar de ser útiles para la sociedad en el sentido de generar cambios en la política pública o lineamientos productivos de diferentes industrias. Esto ocurre, en parte, por los requisitos de financiamiento de la investigación y formación de capital humano avanzado. En este afán se han invertido millones de dólares en crear nuevo conocimiento desde esta nación del sur del mundo para incidir en cómo avanzar como país hacia el desarrollo. Y la producción no es poca, con muy interesantes resultados. Si medimos la cantidad de papers indexados con filiación chilena por cada 100.000 habitantes, Chile fue la nación más productiva de América Latina en 2018 (2), duplicando su productividad en relación a 2009, año que Becas Chile comienza a tener retornos de capital humano avanzado. Esto es un tremendo mérito considerando que en la región Chile ocupa el octavo lugar de inversión en investigación y desarrollo de ciencia y tecnología como porcentaje del PIB (3). Con recursos muy escasos se ha logrado desarrollar una productividad interesante, aunque hay muchos problemas que resolver, entre ellos una pregunta clave: ¿Para qué hacer estos esfuerzos? 

Ranking América LatinaPaisArtículos Científicos Indexados en Web of Science cada 100.000 habitantes
1Chile                            70,00  
2Uruguay                            45,98  
3Brazil                            34,88  
4Argentina                            31,13  
5Costa Rica                            30,18  
6Ecuador                            29,57  
7Cuba                            21,70  
8Colombia                            21,04  
9Mexico                            19,64  
10Panama                            18,81  
11Peru                                9,12  
12Venezuela                                5,38  
13Paraguay                                4,81  
14Bolivia                                3,76  
15Nicaragua                                3,33  
16Honduras                                2,70  
17Guatemala                                2,40  
18Dominican Rep                                1,87  
19El Salvador                                1,71  

Después de varios años que las ciencias en Chile se han volcado a intentar contribuir a lo público, los años 2019 y 2020 han sido muy frustrantes para muchos. Estos años confirmaron que los tomadores de decisión no están al tanto de la ciencia que informa los principales problemas del país. En octubre de 2019 diversos medios masivos ampliaron que las autoridades no vieron venir el estallido, algo indignante considerando la amplia literatura que lo indicaba como la consecuencia más esperable ante la extrema desigualdad, junto con la ausencia de un sistema de seguridad social robusto con leyes laborales adecuadas a las necesidades de las personas.  Más recientemente, en la pandemia, a pesar de estar viendo en vivo desde Europa y Asia los fracasos; siendo ilustrados por expertos de forma didáctica y en diferentes tonos, al final el COVID-19 terminó haciendo lo que desde febrero se venía anunciando que ocurriría si no se tomaban medidas agresivas tempranas: un colapso del sistema público y una crisis social por falta de planificación de riesgos de desastres. Esto resultaría imperdonable en un país acostumbrado a las catástrofes, pero la clase política-económica chilena siempre salva de sus horrores que terminan pagando las personas más vulnerables. Seguir situándose como investigador para intentar convencer que las y los miembros de esa clase actúen en favor del bien común parece un ejercicio inútil y agotador. 

Al final, quienes toman decisiones, en especial los representantes democráticos, usan sus posicionalidades para decidir por un supuesto bien común sin tomar en cuenta la evidencia científica cuando esta va contra sus intereses. Esta evidencia solo es válida cuando los argumentos favorecen dichas posicionalidaes. Es posible, como lo ha indicado la sociología y la ciencia política en parte, que el enorme descrédito del sistema democrático en Chile obedezca a un problema de posicionalidad de los representantes democráticos, quienes confunden el hecho de representar a una comunidad con creerse electos como individuos representativos, donde las propuestas fundadas sobre evidencia pierden peso ante las figuras políticas como productos comunicacionales. En la práctica, las y los representantes en diferentes niveles no abandonan sus sesgos individuales para decidir por un supuesto bien común y al final terminan decidiendo a favor de la clase político-económica a la cual pertenecen.   

No importa el marco metodológico, el rigor o la consistencia en la producción científica de los investigadores, sólo tendrán espacio para incidir en la toma de decisiones grupos de expertos que justifiquen socialmente lo que la clase político-económica quiera hacer, que validen intuiciones convenientes a ciertos mercados desde un discurso del bien común y que propendan a comunicar eficazmente medidas rentables para los intereses en cuestión. Es duro enfrentar que en Chile no gobierna la razón ni triunfa la verdad, sino los intereses de esa clase político-económica. Así, la producción útil de las ciencias sociales que conducen hacia cambios estructurales se aproximan al vacío de la irrelevancia en relación a su aplicabilidad mientras la clase política-económica continúe en su proceso de reproducción.

Son muchas las personas dedicadas a la investigación que han dado cuenta de estar agotados con la desidia de los gobiernos frente a la contundente evidencia contraria a múltiples decisiones, las que terminan por afectar el bien común por un lado, y beneficiar ampliamente a grupos hegemónicos de la sociedad chilena. Con los hechos sobre la mesa, es claro que en Chile no importan los hallazgos y su relevancia, sino quien lo diga. Esto es otra muestra de la ausencia de meritocracia. Al final, los medios no apuntan a los contenidos sino a las figuras que los emiten. No es que no se abra la puerta a quienes desarrollan investigaciones más incómodas para la clase político-económica, es que simplemente se les ignora cuando hay que decidir. Se pueden ver horas de sesiones de comisiones parlamentarias donde se invita a investigadores para presentar evidencia; pero luego, esos mismos investigadores, terminan indicando cómo estos hallazgos no se reflejan en las políticas públicas, las cuales retuercen los datos hasta hacer calzar las necesidades sociales con propuestas que beneficien los intereses particulares de quienes toman decisiones públicas. Esto no es novedad (4). Pero entonces, ¿Para qué seguir buscando aplicabilidad en política pública de los resultado de investigación en ciencias sociales críticas si no serán realmente aplicables en el contexto chileno actual? En los últimos meses, una pregunta ha resonado en la cabeza de más de algún investigador: “¿Pa’ qué tanto esfuerzo si no sirve de nada?” El problema no es la ciencia en sí, ni los hallazgos, si no la posicionalidad de quienes desarrollan investigación esperando ser oídos por una clase político-empresarial sesgada. 

La posicionalidad de las y los investigadores en ciencias sociales, entonces, puede ser impugnada desde el deseo de aportar ideas a una entidad hegemónica (5), que no escucha realmente, para enfocarlas hacia un grupo social que no ha tenido poder, pero que necesita informar sus decisiones que reformarán Chile. La resiliencia del neoliberalismo en Chile es impresionante. A la clase político-económica no le importan los que han sido asesinados en defensa de este sistema, no le son relevantes las violaciones a los derechos humanos por reprimir a quienes quieren cambios, incluso le da lo mismo la evidencia empírica desde otras naciones neoliberales. Esta clase hegemónica hará lo necesario para proteger esta reserva mundial del turbocapitalismo. Pero las personas sí necesitan información e interpretaciones críticas sobre lo que ocurre en sus vidas a causa de la estructura neoliberal o de las consecuencias de la degradación ambiental o de los orígenes de la desigualdad, entre muchos otros factores. No tiene sentido seguir esperando la humanización de la clase político-económica. La evidencia empírica indica que a muchos hogares ya no les alcanza para vivir, ya están endeudados por varios años, ya están expuestos a pandemias y crisis económicas mientras la clase político-económica se refugia de estos males detrás de una institucionalidad diseñada ad-hoc a sus intereses. 

La posicionalidad de las y los científicos en Chile podría partir haciendo lo que hicieron los “rotos” con la clase hacendal chilena en el siglo XIX: abandonarlos, dejarlos hablando solos con sus fantasías de supuesta democracia ejemplar y de jaguar de América Latina. No hablar más con el grupo hegemónico de turno y buscar cortar su reproducción a favor de la propia supervivencia de la relevancia social de la ciencia en un futuro no tan lejano. Ni siquiera ofrecerles la crítica como alimento, ignorarlos del todo, pasarles por al lado y comenzar a enfocarse en informar un nuevo Chile más justo y orientado al bien común. Es decir, la posicionalidad en relación a los deseos de cambios a favor de la justicia de quienes desarrollan investigación puede apuntar a las bases sociales en proceso de precarización para alimentar un programa nuevo. 

La posicionalidad es una reflexión profunda y honesta de las y los investigadores de cara a sus procesos de producción de conocimiento. En esta reflexión se revelan las limitaciones impuestas a la investigación por los contextos y se sincera cómo esos contextos inciden en los modos de interpretar los datos por parte de los investigadores. Dicho esto, podríamos plantear que la ciencia social cuyos hallazgos han sido capaces de transitar hacia política pública se posicionan dentro de un marco al que llamaremos la neoliberalidad, en que los investigadores han logrado aportar con hallazgos útiles para las hegemonías dominantes. Para imaginar una sociedad post-neoliberal, la posicionalidad de las y los investigadores debería ir más allá de los marcos impuestos por la hegemonía imperante, fuera de la caja negra de lo posible en las condiciones actuales y situarse en lo idóneo, en un nuevo estadio de las relaciones sociales y desde lo idóneo diseñar el nuevo contrato social. En eso las y los científicos sociales pueden ser muy útiles.

Espero que la retórica de esta columna, hiperbólica en muchas partes, invite y avive una discusión urgente para lo que serán los próximos años en Chile, sobre dónde estamos parados los investigadores de ciencias sociales y hacia donde deberíamos avanzar. 

  1. Positionality es un término que se usa mucho en la investigación en ciencias sociales anglosajonas. Si bien también se puede traducir como posicionamiento, se ha realizado una traducción literal en busca de darle especificidad al término considerando que como concepto no es ampliamente usado en investigación en ciencias en español. No es solo sobre una posición intelectual, sino también sobre los contextos, sesgos, epistemologías, ontologías y omisiones sobre los datos que se presentan e interpretan. En este sentido, un breve ejercicio de ejemplo: el autor de esta columna reconoce que ha tenido la oportunidad en diferentes ocasiones de aparecer en medios masivos y lo que plantea en esta columna viene en gran parte de saber que ciertos conocimientos que producen llegaran a medios masivos pero muchos otros, los más interesantes y más críticos, no cruzarán la barrera de los papers científicos, no serán política pública porque son incómodos para el sistema imperante en Chile. 
  2. Esto en base a los indicadores del Web of Science para el año 2018 en su base de datos principales por país, en todas las categorías agregadas, sin discriminar orden de aparición de autores. 
  3. Datos desagregados se pueden revisar en el sitio web de UNESCO.  Disponible aquí: http://data.uis.unesco.org/Index.aspx?DataSetCode=SCN_DS&lang=en#
  4. Claro que no es novedad, no es que “los investigadores descubren la política” o algún otra mirada insultante de esa índole. Existen diversos investigadores que desarrollan este tópico desde diferentes enfoques: en la historia está Gabriel Salazar, en las ciencias políticas Claudio Fuentes, en la sociología Kathya Araujo y desde la economía están las contribuciones de José Gabriel Palma y Andrés Solimano, entre varios otros destacados investigadores de diversas áreas. 
  5. Esta entidad es la clase político-económica, compuesta por un grupo de la elite cuyos lazos familiares y de amistades se vincula, copando las esferas de toma de decisión en ámbitos públicos y privados, con importante presencia en medios de comunicación masivos, con fuentes de financiamiento constante y con acceso a exclusivos círculos de poder que permiten reproducir dichas relaciones de poder.